Hoy la música suena
diferente. Estamos solos en la recámara que otras veces viniste a
habitar y que... bueno, eso ya no importa.
Me he vestido distinta
esta noche, el vestido, las zapatillas, el liguero... Ya sabía de
nuestro encuentro y quise verme especial.
Mientras subía
lentamente las medias de la punta de mis pies a las rodillas y las
ajustaba a mis muslos sedientos de ti, pensaba que de la misma forma
tú me las quitarías, lenta y suavemente. Eso es fácil de imaginar,
porque tú eres precisamente así, paciente para todo, para decir
cosas perversas en mi oído, para tomarme por la cintura, para
prenderme con cada beso... Para terminar en mí.
Yo no elegí la
música, eso corre siempre por tu cuenta, sabes exaltar mis emociones
con esas ondas que penetran en mi cuerpo antes que tú.
La plática
no es muy necesaria, esa la tuvimos anoche por el teléfono. Ya sé
que me ausenté, que fui una niña mala, tal como tú lo describiste,
cruel, pero ahora vengo a redimirme, a purificarme, a que me
castigues para poder vivir feliz.
Es fácil acercarme a tu cuerpo
de alfiler, reconocer tu piel morena, tu olor a hombre, incluso
reconocer el león que hoy te viene acompañando, tuyo, de otras,
mío, esta noche sólo mío.
Tu boca son frutos rojos, cerezas
dulces con sabor a miel, y esa mirada perversa que no se sabe quedar
en paz y que busca siempre más allá.
Cómo no morderme los
labios al mirar tu espalda ancha y sentir tus brazos necesitados de
mí.
Cómo no cruzar mis piernas para calmar el calor que emana mi
pequeño rincón impaciente de ti.
Así, con ese brillo en la
mirada te vas acercando, ¿quieres vino?
¿Quieres uvas? ¿Quieres
posarte sobre mí?
Qué bien se siente reconocerte, mis manos se
vuelven lectores en tu cuerpo, bajo la camisa tuya, son hábiles para
desabotonar el pantalón de cuatro botones que parece resistirse a mi
calor, pero claro, superan cada prueba y se internan en la selva de
tu ser.
Dime ¿quién te toca como yo?
Quién juega su lengua
en tu ombligo, quién muerde tus hombros, quién agradece con
gemidos.
Qué bien se sienten tu manos sobre mí, quitando
suavemente el vestido, sabes perfectamente lo que me gusta, yo te
digo que no tardes demasiado, y tú te tomas el tiempo necesario para
cada acto.
Este cuello mío te pertenece, marcas tu territorio y
derramas vino sobre mí.
-Déjate las zapatillas y el liguero- me
susurras y no hago más que obedecer.
-¿Qué quieres, cómo te
gusta? No ves que soy tuya.
Lame mi cuerpo y quémame con tu
saliva, raspa mis senos con tu barba y dibuja sobre ellos el
abecedario con la punta de tu lengua. Muérdelos, que caben
perfectamente en tu boca y tu boca los extraña y ellos te
añoran.
Ahora estoy a tu merced, soy una flor abriendo sus
pétalos para que libes el néctar de mi ser.
Mi cintura está
expuesta al tacto de tus dedos, mis muslos se estremecen al sentir tu
calor, mi cadera baila al ritmo de tu música... Sigo siendo
tuya.
Qué bien se siente tu erección en mis manos, como si yo
tomara el control del universo, hago esos movimiento de vaivén que sé
tanto te gustan, y en un sólo acto bajo para ponerte en mi boca,
para sentir tu humedad en mis dientes, para volver a probar la leche
que emana de ti.
Yo soy tuya, y ahora, con mi lengua recorriendo
tu glande, entiendo que eres de mí.
Quítame el cabello del
rostro, mueve mi cabeza a tu contentillo, presiona mis areolas y
hazme gritar.
Ponte a gozar conmigo, apaga la luz y descúbreme,
moja tus dedos con mi cuerpo, con mi sudor, con mi saliva, con mis
fluidos, y voltéame que conozco tu posición favorita.
Gracias
por los susurros en mi cuello, por tus manos en mi espalda, gracias
por respirar con fuerza por mis oídos.
Sabes qué es lo que me
gusta.
Nada como besarte después de tenerte en mi boca para que
pruebes tu propio sabor, nada como tus fuerzas de hombre
excitado...
Nada como tus mano presionando mis caderas a tu torso,
nada como nosotros ajustados.
Ahora hasta los cuerpos nos
estorban.
Es momento de que entres en mí.
Abro las puertas de
la cueva de mi ser, de mi alma y lentamente vienes. Siempre paciente,
con ganas de lastimarme y cuidando de mí.
Dices que soy muy
estrecha, tú eres un semental.
Quiero decirles a todos que el
paraíso lo conocí en tu cuerpo.
Qué bien cuando terminas
estando dentro. Qué bien cuando siento tu palpitar.
Somos seres
de luz incendiando la ciudad.
Ya sé que me ausenté, fui una niña
mala. Pero ahora que te tengo en reposo, desnudo entre mis piernas,
me atrevo a decirte lo que nunca a nadie le dije: ¡Soy tuya!
Canelita